¿Un índice de felicidad para clasificar a las universidades?

Ramón Muñoz-Chápuli

Director EDUMA

Un fenómeno creciente en el mundo académico de los últimos tiempos es la elaboración de rankings o clasificaciones a todos los niveles, investigadores, departamentos y las propias universidades. Se han vuelto populares en los medios de comunicación los rankings de Shanghai, o el elaborado por Times Higher Education. Por más que se quiera relativizar el significado de estas clasificaciones, está claro que al final todos queremos ver nuestra universidad en las listas de éxitos académicos. Pero también merece la pena reflexionar acerca de los criterios que se siguen para elaborar esas clasificaciones. Fundamentalmente los criterios que se usan se basan en variables cuantificables de la actividad universitaria, tales como la reputación del profesorado, los fondos obtenidos para la investigación, la calidad y el número de las publicaciones, los contratos con empresas, las patentes o el grado de internacionalización. Una reciente entrada en un blog publicado por una bióloga australiana, Jenny Martin, ha dado un toque de atención acerca de la utilización de estos parámetros de medida, y la necesidad de considerar además otros. Los provocativos comentarios de Jenny Martin han tenido una gran repercusión en las redes sociales y han merecido incluso un comentario en la revista Nature de esta semana.

Jenny Martin señala que la mayor atracción ejercida por las universidades del top de las listas pueden traducirse en una sobrecarga de jóvenes investigadores en los departamentos y en una competitividad hipertrofiada entre ellos por contribuir a los indicadores antes mencionados, es decir, por publicar más y en revistas de mayor impacto. Para evitar esto, propone que los criterios clásicos de valoración de las universidades para las clasificaciones se compensen con otros aspectos que también son importantes para la vida del investigador. Por ejemplo, la satisfacción en el trabajo, el equilibrio entre la vida laboral y personal, la igualdad de oportunidades, la equidad salarial, la ausencia de presiones desmedidas, o el grado de preparación para la vida postdoctoral, dentro o fuera del mundo de la academia. Es evidente que la presión por publicar en ambientes muy competitivos perjudican todos estos aspectos, a los que no se tiene en cuenta para elaborar rankings. La autora del blog señala como ejemplo de indicador negativo las dificultades de los jóvenes investigadores para ser padres, o el número de días de vacaciones a los que se tiene derecho y se renuncia por motivos de trabajo. Un conjunto de nuevos indicadores podría constituir un “Índice de Felicidad” que complementara y compensara a los índices tradicionales de productividad científica. Es más, probablemente la atracción de talento joven a universidades con altos “índices de felicidad”, incrementaría exponencialmente su nivel científico.

Puede que sea utópico, y de hecho la autora admite que podremos llamarla “soñadora” (utilizando las palabras de John Lennon en Imagine), pero pienso que debemos tomar nota de estas ideas, y no sólo para el mundo universitario.

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